Me tomé un pequeño break del blog, pero vuelvo con un tema que me viene dando vueltas hace tiempo: el cansancio que empieza a notarse en el modelo de director creativo que domina la moda de lujo...
No es que el sistema haya dejado de funcionar por completo, pero sí empieza a mostrar límites. Lo que antes empujaba a una marca, hoy puede empezar a frenarla. Y eso ya se nota en varias casas. Y ese es exactamente el dilema que venimos viendo en las últimas temporadas.
Este modelo funcionaba bien cuando los diseñadores eran también fundadores o socios de la marca. Hoy, casi todos operan como creativos contratados dentro de grandes grupos. Y aunque algunos logran reposicionar marcas de lujo con una visión fuerte y clara, esa misma intensidad suele volverse en contra con el tiempo. El consumidor se cansa. El código estético se agota.
Un caso temprano fue el de Alber Elbaz en Lanvin. Desde su llegada en 2001, reposicionó la marca con una identidad fuerte, reconocible y coherente. Pero con el tiempo, esa estética perdió relevancia, el negocio se resintió y el diseñador dejó la firma.
A pesar de varios intentos por relanzar Lanvin con nuevos directores creativos, la marca no ha logrado despegar del todo: y por mucho tiempo el público seguía asociándola con la visión de Elbaz. Hoy en día no es que esté del todo en el olvido pero sí entró en una etapa larga de indefinición. Hoy, con Peter Copping al frente, Lanvin busca recuperar relevancia desde otro lugar, mirando al legado de Jeanne Lanvin más que intentando revivir la era Elbaz.

Más recientemente, el mismo patrón se repitió en Gucci con la salida de Alessandro Michele, y ahora empezará a notarse en Balenciaga con el cierre de la etapa Demna. Las redes sociales hicieron que la estética de ambas marcas quedara tan marcada que cualquier intento de cambio parece una ruptura total.
Cuando el público ya tiene tan clara esa imagen, cambiar de dirección se vuelve todo un tema. De ahí frases como “Valentino es el nuevo Gucci”, porque ya no se trata solo de marcas, sino de creadores con estética propia que arrastran al público de una casa a otra. No es Gucci, es Alessandro. Es la esencia del creativo la que cambia de lugar.
Hoy el foco está en Balenciaga. La salida de Demna marca el fin de una era hiperdefinida por el streetwear, el meme y la ironía como lenguaje visual. Pierpaolo Piccioli entra en escena con una propuesta opuesta: romántica, suave, casi nostálgica.
Kering ya intentó en 2012 revivir “el espíritu original” de Balenciaga con Alexander Wang, apostando al archivo histórico y al mercado chino. No funcionó. Ahora, la fórmula se repite: “volvamos a las raíces”, esta vez con un diseñador más emocional, casi poético. Pero ni los años 50 ni el Balenciaga original van a volver.

El dilema no es exclusivo de las marcas en crisis. Incluso para casas sólidas como LOEWE, los cambios generan tensión. La salida de Jonathan Anderson tras 11 años al frente marca el fin de una era. Su dirección convirtió a la marca en una referencia global para una audiencia culta, exigente y conocedora. Esa que entiende los matices, pero no espera a que una visión se diluya.
Ahora entran en escena Jack McCollough y Lazaro Hernandez, ex Proenza Schouler. Su debut será en octubre en París. ¿Podrán hablar el mismo idioma que esta clientela hiperselectiva? ¿O estamos por ver otro caso donde la estrategia corporativa pesa más que la coherencia creativa?

La industria de la moda de lujo está en plena transición. Y si algo quedó claro este año, es que los relevos creativos ya no se evalúan solo en pasarela. El verdadero termómetro está en la respuesta de los que compran, no solo de los que aplauden.

Deja un comentario